- El tiempo promedio de atención sostenida cayó de 2 minutos 30 segundos en 2004 a solo 47 segundos en 2021, según la psicóloga Gloria Mark, de la Universidad de California.
- El catedrático Ladislao Salmerón, de la Universidad de Valencia, lleva dos décadas estudiando cómo las pantallas alteran la forma de leer de niños y adolescentes.
- La neurocientífica Maryanne Wolf advierte que la lectura profunda es una habilidad cultural aprendida, no innata, y puede perderse si no se practica.
- El informe PISA plantea que más que un deterioro puro, podría tratarse de una «reconfiguración» de las habilidades lectoras de la generación más digital de la historia.
Una generación entera de niños y adolescentes creció con una pantalla a la mano antes que con un libro. Ese cambio, documentado por investigadores de varias universidades, está detrás de la caída sostenida en la comprensión lectora que registran las pruebas internacionales en los últimos años.
El catedrático Ladislao Salmerón, del Departamento de Psicología Evolutiva de la Universidad de Valencia, resume el fenómeno con una frase directa: «esta es la primera generación que ha crecido en un mundo completamente digital». Su trabajo, con dos décadas de seguimiento, apunta a que el problema no es solo cuánto tiempo pasan los jóvenes frente al celular, sino cómo ese hábito reconfigura la manera en que el cerebro procesa un texto largo.
De dos minutos y medio a 47 segundos
La psicóloga Gloria Mark, de la Universidad de California, midió durante casi veinte años cuánto dura la atención sostenida de una persona frente a una tarea antes de distraerse. El resultado es contundente: en 2004 el promedio era de 2 minutos y 30 segundos; para 2021 había caído a apenas 47 segundos.
Ese acortamiento coincide con la masificación de formatos diseñados para captar la atención en fragmentos mínimos: videos cortos, notificaciones constantes y mensajes reducidos a su mínima expresión. La cultura del TL;DR («Too Long; Didn’t Read», demasiado largo, no lo leí) se volvió, para muchos usuarios jóvenes, la forma por defecto de relacionarse con cualquier contenido escrito.
La lectura profunda no es un instinto, es un aprendizaje
La neurocientífica Maryanne Wolf, autora del libro «Lector, vuelve a casa», sostiene que la lectura fue «el catalizador transformativo del desarrollo intelectual» humano precisamente porque el cerebro tuvo que adaptar circuitos que no evolucionaron para leer. Esa misma plasticidad que permitió aprender a leer permite, en sentido inverso, perder destreza cuando el hábito se abandona.
El investigador David Bueno, de la Universidad de Barcelona, plantea el fenómeno desde la genética del desarrollo: los circuitos cerebrales que sostienen la lectura profunda se fortalecen con la práctica sostenida y se debilitan cuando se sustituyen por consumo fragmentado de información.
¿Deterioro o reconfiguración?
No todos los expertos leen la caída de los puntajes de comprensión lectora como una pérdida sin matices. El propio informe PISA sugiere que podría tratarse de una «reconfiguración» de habilidades: los jóvenes leen distinto, no necesariamente peor en todos los aspectos, aunque sí muestran más dificultad para sostener la atención en textos extensos y complejos.
El escritor Verlyn Klinkenborg lo plantea como una pregunta abierta: «la cuestión es qué será de los lectores que fuimos». La filósofa Eurídice Cabañes coincide en que el desafío no es solo pedagógico, también es cultural: cómo una sociedad conserva la capacidad de sostener una idea compleja durante varias páginas cuando el entorno digital premia lo inmediato.
Un reto también para Ecuador
El fenómeno no es ajeno al país. Ecuador atraviesa desde este año una reforma curricular por competencias impulsada por el Ministerio de Educación, en parte como respuesta a los bajos resultados en pruebas como PISA. La salud emocional y cognitiva de los estudiantes también preocupa a organizaciones locales, que en los últimos meses han impulsado espacios de diálogo sobre bienestar emocional y neurodiversidad en las aulas.
Organismos internacionales respaldan la urgencia de abordar el uso de pantallas desde la niñez. La Organización Mundial de la Salud incluye el uso problemático de dispositivos entre los factores que afectan la salud mental adolescente, mientras que la UNESCO ha llamado a los sistemas educativos a equilibrar la tecnología en el aula con el desarrollo de habilidades de lectura profunda.
Para Salmerón, la salida no pasa por prohibir el celular, sino por enseñar a los estudiantes a alternar conscientemente entre la lectura rápida de pantalla y la lectura sostenida de un texto largo. Esa alternancia, dice, es la habilidad que la escuela debería entrenar de forma explícita en los próximos años.




