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Estudio en 41 investigaciones halla menos cirugías para mujeres

Médica examina a una paciente en una consulta de salud
5 min de lectura
  • Una revisión de 41 estudios (2018-2023) halló que las mujeres reciben tratamientos menos invasivos que los hombres con el mismo diagnóstico.
  • El patrón se repite en cardiología, cirugía, trasplantes y atención de urgencias.
  • Investigadores de la Universidad de St Andrews lideraron el análisis, publicado esta semana.
  • Los autores atribuyen parte de la brecha a la histórica subrepresentación femenina en ensayos clínicos.

Una mujer que llega a urgencias con un infarto tiene, según la evidencia reunida por un equipo de la Universidad de St Andrews, más probabilidades de salir con una receta de medicamentos que con una cita para un bypass coronario. Un hombre con el mismo diagnóstico, en cambio, es derivado con más frecuencia a un procedimiento invasivo.

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Ese hallazgo no es anecdótico. Surge de una revisión sistemática de 41 estudios publicados entre 2018 y 2023 en cardiología, cirugía, medicina de trasplantes y atención de urgencias, liderada por Miriam Veenhuizen, profesora honoraria en la Facultad de Medicina de St Andrews, junto al investigador Andrew O’Malley.

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El mismo diagnóstico, distinto tratamiento

El patrón se repite con una consistencia que sorprendió a los propios autores. En insuficiencia cardiaca, infarto de miocardio y taquicardia, las mujeres reciben con más frecuencia manejo conservador con fármacos, mientras que a los hombres se les deriva antes a intervención coronaria percutánea o cirugía de revascularización.

En enfermedad de Parkinson, los hombres son remitidos con mayor frecuencia a estimulación cerebral profunda, un dispositivo implantable que puede reducir de forma significativa los síntomas motores. En medicina de trasplantes, las mujeres tienen menos probabilidades de recibir un trasplante de hígado o una derivación quirúrgica pese a cumplir criterios clínicos equivalentes.

«Aunque el sentido de los resultados no fue una sorpresa, sí lo fue su coherencia», explicó Veenhuizen sobre la revisión, que abarcó especialidades médicas muy distintas entre sí y encontró la misma brecha en todas.

Una explicación que no exime de revisión clínica

O’Malley, colíder del estudio, fue claro sobre las implicaciones prácticas para el personal médico: «Para los clínicos, estos resultados son un recordatorio de que deben comprobar si el tratamiento se ofrece por motivos clínicos y no por suposiciones».

Los investigadores no logran identificar una causa única. La hipótesis con más respaldo remite a décadas de ensayos clínicos diseñados y probados mayoritariamente con participantes hombres, lo que moldeó guías de tratamiento basadas en su fisiología y dejó menos evidencia específica sobre cómo responden las mujeres a distintas intervenciones. «No está del todo claro por qué ocurre esto, pero es probable que se deba a que las mujeres estuvieron infrarrepresentadas en los ensayos clínicos hasta hace pocas décadas», señaló Veenhuizen.

Un problema que la salud pública global ya reconoce

La brecha de género en la atención médica no es un hallazgo aislado de este equipo escocés. La Organización Mundial de la Salud identifica el sesgo de género en la investigación y en la práctica clínica como uno de los determinantes que perpetúan desigualdades en el acceso a tratamientos efectivos. En Estados Unidos, la oficina federal Office on Women’s Health documenta desde hace años que los síntomas cardiacos en mujeres tienden a interpretarse como menos urgentes en las salas de emergencia, lo que retrasa diagnósticos y tratamientos.

La propia Universidad de St Andrews, a través de su página institucional, mantiene una línea de investigación en salud pública centrada en desigualdades de atención médica, de la que este estudio forma parte. El equipo plantea que la próxima etapa de la investigación debe establecer si estas diferencias reflejan decisiones clínicas legítimas basadas en variables fisiológicas reales, o si constituyen un sesgo sistemático que requiere corrección en los protocolos hospitalarios.

Lo que ya se sabe sobre otras brechas de atención

La disparidad de género se suma a otras brechas de acceso documentadas en la atención sanitaria, como las que enfrentan las personas sordas en América Latina para acceder a diagnósticos oportunos, o las diferencias regionales en la detección temprana que muestran los datos sobre cáncer de próstata en Ecuador, reportados recientemente por la Organización Mundial de la Salud.

Para los autores del estudio de St Andrews, la conclusión práctica es directa: revisar protocolos hospitalarios con datos desagregados por sexo, y capacitar al personal médico para identificar cuándo una decisión de tratamiento responde a criterios clínicos objetivos y cuándo a un patrón heredado de décadas de evidencia incompleta. Mientras esa revisión no ocurra a escala, la brecha seguirá determinando qué tratamiento recibe cada paciente, no solo su diagnóstico.

El origen regulatorio de la brecha

Parte de la explicación tiene fecha concreta. Desde 1977 y hasta 1993, la agencia reguladora de medicamentos de Estados Unidos excluyó de forma explícita a mujeres en edad fértil de los ensayos clínicos en fases tempranas, por temor a efectos sobre un eventual embarazo. La medida se revirtió recién con la Ley de Revitalización de los Institutos Nacionales de Salud de 1993, que obligó a incluir mujeres y minorías en la investigación financiada con fondos federales.

Ese vacío de dos décadas dejó una generación completa de fármacos y protocolos quirúrgicos validados casi exclusivamente en cuerpos masculinos. Las guías clínicas que hoy usa un médico de urgencias en cualquier país, incluido Ecuador, todavía arrastran ese sesgo original en la forma en que se define qué dosis, qué umbral de síntomas o qué momento de intervención se considera «estándar».

Qué cambia si se corrige el sesgo

Corregirlo no es solo una cuestión de justicia estadística. Un infarto tratado tarde, o con un fármaco cuya dosis nunca se ajustó a la fisiología femenina, tiene consecuencias medibles en mortalidad y en tiempo de recuperación. Por eso los autores del estudio insisten en que la solución no pasa por tratar a más mujeres, sino por tratarlas con el mismo criterio clínico objetivo que a los hombres, algo que solo se logra si los ensayos que generan la evidencia incluyen a ambos sexos desde el diseño inicial del estudio.

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