- El ensayo Mikhuna probó una dieta ancestral prenatal en 215 mujeres embarazadas de Quito.
- El grupo de intervención mostró mayor crecimiento en una región cerebral clave del feto.
- La dieta incluyó pescado, huevos, frutas y verduras entregados semanalmente durante el embarazo.
- Los autores, de la Universidad de Washington en San Luis, advierten que los resultados son preliminares.
Un ensayo clínico liderado por la Universidad de Washington en San Luis (WashU) probó una dieta ancestral prenatal en dos comunidades de bajos recursos en las afueras de Quito y encontró un mayor crecimiento en una región del cerebro fetal asociada con el control motor, el procesamiento sensorial y el razonamiento. El estudio, publicado en la revista PNAS, se conoce como el proyecto Mikhuna, palabra que significa «nutrir» en kichwa.
La investigadora principal, Lora Iannotti, dirige el E3 Nutrition Lab de WashU y combinó educación nutricional con entrega de alimentos siguiendo patrones alimenticios adaptados a la dieta ancestral local, es decir, ricos en pescado, huevos, frutas y vegetales frescos, en lugar de productos ultraprocesados.
Cómo se diseñó el ensayo de dieta ancestral prenatal en Quito
El equipo de investigación asignó al azar a 215 mujeres embarazadas sanas, en su primer trimestre de gestación, a dos grupos: 111 recibieron la dieta ancestral prenatal del proyecto Mikhuna y 104 continuaron con la atención prenatal estándar como grupo de control. Ambos grupos fueron monitoreados durante todo el embarazo y hasta dos semanas después del parto, en un diseño aleatorizado que buscaba aislar el efecto de la alimentación sobre el desarrollo fetal.
Las participantes del grupo Mikhuna recibieron entregas semanales de alimentos junto con un componente de educación y mercadeo social orientado a mejorar la diversidad de la dieta y reducir el consumo de alimentos ultraprocesados. Los investigadores midieron la ingesta materna, la salud ósea y cerebral fetal mediante ecografía, y las medidas antropométricas de madres y bebés a lo largo de todo el seguimiento.
Más diversidad en el plato, más crecimiento cerebral en el feto
La diversidad dietética aumentó de forma notable en el grupo de intervención: 74,5% de las mujeres del grupo Mikhuna cumplió el requisito mínimo de diversidad alimentaria, frente a 55,8% en el grupo de control. El consumo de alimentos ultraprocesados no cambió de forma significativa entre ambos grupos, pero las mujeres del grupo Mikhuna comieron una mayor variedad de alimentos cada día del embarazo.
El hallazgo central del estudio fue un mayor crecimiento del óvalo gangliotalámico, una región cerebral profunda relevante para el control motor, el filtrado de estímulos sensoriales y funciones cognitivas superiores como el razonamiento. Es la primera vez que un ensayo controlado asocia una intervención dietética prenatal con cambios medibles en esa estructura cerebral específica del feto en gestación.
Resultados inesperados que piden más investigación
El ensayo también arrojó dos hallazgos que los propios autores no esperaban: las náuseas y la fiebre fueron más frecuentes entre las mujeres del grupo Mikhuna, y los bebés de ese grupo tuvieron en promedio fémures más cortos que los del grupo de control. Iannotti y su equipo señalan que ambos efectos necesitan una investigación adicional antes de confirmar que la dieta es segura sin reservas y no compromete otros aspectos del desarrollo infantil a mediano plazo.
La investigadora insiste en la urgencia de intervenir temprano en el embarazo. «Si la nutrición se ve comprometida por una dieta de baja calidad, una enfermedad infecciosa u otro factor durante los primeros 1.000 días de vida, es probable que los niños nunca alcancen su potencial genético completo», advirtió Iannotti, según recoge The Source, el medio institucional de WashU.
Malnutrición doble: el contexto que explica el estudio
Ecuador atraviesa lo que los investigadores describen como una doble carga nutricional: la desnutrición asociada a la pobreza cede terreno frente a dietas ultraprocesadas, obesidad y enfermedad metabólica, mientras que la desnutrición crónica infantil persiste pese al crecimiento de la riqueza nacional. Las dietas modernas suelen carecer de nutrientes esenciales para el desarrollo cerebral, entre ellos hierro, zinc, vitamina A, vitamina B12, yodo, grasas saludables y proteínas, todos escasos en los alimentos ultraprocesados que ganan terreno en el país.
La Organización Mundial de la Salud describe la malnutrición como un problema con tres caras: la desnutrición, las deficiencias de micronutrientes y el sobrepeso u obesidad, tres categorías que hoy coexisten en un mismo país e incluso en un mismo hogar, según la organización.
Comunidades kichwa y el valor de los saberes ancestrales
El proyecto Mikhuna se apoya en patrones alimenticios adaptados localmente a partir de la tradición andina, sin idealizar el pasado ni prescribir una dieta única para toda la población ecuatoriana. La elección del nombre en kichwa, la lengua indígena más hablada en Ecuador, refleja precisamente ese punto de partida: alimentos disponibles en la región, preparados según prácticas alimentarias con arraigo local, combinados con seguimiento médico moderno y datos verificables.
Ese mismo rescate de saberes ancestrales en la salud materna ecuatoriana tiene otros antecedentes documentados, como el trabajo que recoge los saberes de las parteras ecuatorianas, una tradición de acompañamiento al embarazo y al parto que antecede por generaciones a la medicina institucional del país.
Qué falta antes de convertir el hallazgo en política pública
Los propios autores reconocen limitaciones importantes en el diseño del ensayo. Al combinar educación nutricional, entrega de alimentos y cambio de hábitos en una sola intervención, resulta difícil aislar cuál de esos tres componentes explica el mayor crecimiento cerebral observado en los fetos del grupo Mikhuna. Tampoco se hizo un seguimiento posterior que evaluara la función neurológica real de los bebés, por lo que los resultados se consideran preliminares pese a su solidez estadística inicial.
El equipo de WashU plantea como siguiente paso diseñar estudios con mayor poder estadístico y mejores estrategias de adherencia, que permitan aislar el efecto de cada componente y confirmar si el crecimiento cerebral observado se traduce, con los años, en mejores resultados de desarrollo infantil medibles fuera del consultorio médico.




