Lograr que los niños coman suficientes verduras puede ser una lucha constante para muchas familias. Los foros de crianza y los chats de padres están llenos de preguntas recurrentes. Una de las más comunes es: “¿Es normal que mi hijo solo acepte alimentos de color beige?”.
Esta preferencia no es casualidad. La inclinación por los sabores dulces se manifiesta desde las primeras etapas del desarrollo. Incluso la leche materna contiene azúcares naturales que definen una referencia de sabor agradable. Una vez que empiezan a incorporar alimentos sólidos, convencerlos de probar brócoli, espinacas o zanahorias puede volverse un reto diario.
Sin embargo, los niños requieren una dieta equilibrada y variada. Una alimentación deficiente afecta su cognición, capacidad de concentración, comportamiento y rendimiento académico. Además, la obesidad infantil va en aumento y se vincula con complicaciones crónicas y resultados educativos menos favorables. Por suerte, la investigación científica ha identificado estrategias efectivas para mejorar estos hábitos.
1. Exposición frecuente y temprana
Dar la mayor variedad posible de verduras durante la primera infancia marca una diferencia significativa. Según Marion Hetherington, profesora de biopsicología en la Universidad de Leeds, el periodo más eficaz para modificar las preferencias alimentarias es antes de los cinco años.
Los estudios indican que se necesitan entre cinco y quince exposiciones para que un niño acepte un alimento nuevo. Este número varía según la edad: los menores de un año suelen requerir menos repeticiones que los niños de 3 o 4 años, etapa en la que aumenta la neofobia alimentaria, es decir, la aversión a probar comidas desconocidas.
Incluso esta etapa comienza antes del nacimiento. Los nutrientes que consume la madre se transmiten al feto a través del líquido amniótico. De este modo, las preferencias se construyen desde el entorno intrauterino.
2. Ofrecer las verduras al principio de la comida
Indicar a los niños que un alimento es “bueno para su salud” suele ser contraproducente. Es más probable que elijan opciones descritas como “sabrosas” en lugar de aquellas etiquetadas como “saludables”.
Por ello, el momento de presentación es clave. Servir las verduras al inicio, cuando el apetito es mayor, incrementa su consumo. Así se evita que prefieran primero otros alimentos más calóricos y queden saciados antes de probarlas.
Además, se pueden incluir en horarios no habituales. Por ejemplo, agregar espinacas o champiñones a una tortilla o calabacín en preparaciones de panadería casera. Un ensayo de 2023 en centros infantiles del Reino Unido demostró que más del 60 % de los niños aceptaban verduras en el desayuno.
3. Ajustar las proporciones en el plato
Si cambiar el horario de consumo parece difícil, otra estrategia es modificar las cantidades. Reducir los alimentos más densos en calorías y aumentar la porción de verduras da buenos resultados.
Esto se logra sirviéndolas como acompañamiento o incorporándolas ralladas en salsas, guisos o purés. Las investigaciones muestran que al incrementar en un 50 % la cantidad de vegetales, los niños aumentan su ingesta sin notar una diferencia drástica en el volumen total.
Asimismo, ofrecer varias opciones de verduras al mismo tiempo favorece que elijan y consuman más cantidad de alimentos saludables.
4. Cuidar la presentación y la apariencia
La percepción visual influye mucho en la decisión de comer. Los niños prefieren alimentos que les resulten atractivos y familiares. Por ello, modificar su presentación puede aumentar su aceptación.
Cortarlas en formas divertidas o disponerlas con creatividad en el plato incrementa su consumo. También ayuda servirlas en recipientes separados o en compartimentos individuales. En estudios, esta disposición aumentó hasta un 36 % la cantidad de verduras que comían los niños en edad preescolar.
5. Dar ejemplo comiendo en familia
Los hábitos de los padres actúan como modelo directo. Si los adultos consumen verduras con frecuencia, es mucho más probable que los hijos sigan esa conducta.
Comer juntos al menos tres veces por semana se asocia con un peso corporal más saludable y mejores patrones alimenticios. Además, reduce el consumo de bebidas azucaradas y alimentos procesados, creando un entorno positivo para el aprendizaje de buenos hábitos.
6. Convertir la experiencia en algo divertido
Presionar o obligar a comer genera rechazo y estrés. En cambio, permitir que los niños toquen, huelan o manipulen los alimentos sin obligación de ingerirlos disminuye la neofobia alimentaria.
Participar en la preparación de las comidas también aumenta su interés. Al involucrarlos en actividades sencillas, sienten mayor confianza y curiosidad. El entorno relajado elimina la presión y facilita que quieran probar nuevas opciones.
Fuente: Ecuavisa
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