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¿Encontrará la ciencia una vacuna definitiva contra la malaria?

Investigación científica y desarrollo de vacuna definitiva contra la malaria, microscopio y ciclo del parásito Plasmodium

Un descubrimiento que cambió la historia

En 1897, el médico británico Ronald Ross investigaba una dolencia que cada año cobraba miles de vidas. Observó algo que transformaría el conocimiento sobre la malaria: el parásito causante residía en el intestino del mosquito y podía transmitirse al ser humano.

Ese hallazgo, que le otorgaría el Premio Nobel años después, inauguró una nueva etapa en una contienda que sigue vigente hoy en día. Más de un siglo más tarde, la interrogante sigue siendo relevante: ¿lograremos desarrollar una vacuna definitiva contra la malaria?

La respuesta no es sencilla. No nos enfrentamos a un microorganismo simple, sino a un agente patógeno extraordinariamente complejo. Se trata de parásitos del género Plasmodium, con un ciclo biológico sofisticado, múltiples formas de desarrollo en el organismo humano y una gran capacidad de adaptación para evadir nuestras defensas inmunitarias.

La malaria se cuenta entre las afecciones que mayor sufrimiento han generado en la historia de la humanidad. Actualmente, sigue siendo un grave problema de salud pública en regiones tropicales y subtropicales. Según estimaciones de 2024, se registraron cientos de millones de casos y más de medio millón de fallecimientos. La mayor carga recae en niños menores de cinco años del África subsahariana.

A pesar de los progresos en tratamientos, prevención y control del vector transmisor, esta enfermedad nos recuerda que ciertos retos científicos requieren décadas o incluso siglos de trabajo constante.

El doble desafío de la vacuna

Durante mucho tiempo, crear una vacuna definitiva contra la malaria parecía una meta casi inalcanzable. Las vacunas convencionales suelen entrenar al sistema inmunitario para reconocer agentes relativamente estables. En el caso de la malaria, la dificultad es doble.

Por una parte, el parásito modifica su estructura a lo largo de sus distintas fases evolutivas. Por otra, existen varias especies de Plasmodium capaces de causar la enfermedad. Las más relevantes son Plasmodium falciparum y Plasmodium vivax, cada una con características biológicas específicas.

No obstante, el panorama ha mejorado notablemente. La primera gran solución llegó con la vacuna RTS,S/AS01. En 2019 inició su programa piloto en Ghana, Kenia y Malawi, alcanzando a más de 800 000 niños.

Esta vacuna actúa principalmente en la fase hepática de P. falciparum. Interviene cuando el parásito se aloja en el hígado para multiplicarse antes de invadir los glóbulos rojos, etapa en la que aparecen los síntomas clínicos. Posteriormente, la vacuna R21/Matrix-M amplió las expectativas. También dirigida a la fase hepática, fue recomendada por la Organización Mundial de la Salud para su uso en zonas de alto riesgo.

Buscando nuevos puntos débiles

Aun así, ninguna de estas opciones constituye una vacuna definitiva contra la malaria. Cada fase del ciclo vital del parásito representa una oportunidad distinta para bloquear su desarrollo. Por ello, además de las vacunas de fase hepática, se investigan activamente las de fase eritrocítica.

Estas últimas están diseñadas para impedir que el parásito invada y se reproduzca dentro de los glóbulos rojos. La estrategia se aplica tanto en P. falciparum como en P. vivax. Ciertas proteínas clave para la invasión celular, como CYRPA y RIPR, se han convertido en dianas prioritarias.

En estudios recientes sobre la diversidad genética del gen que codifica la proteína RIPR en P. vivax, nuestro equipo de investigación demostró que es indispensable conocer la variabilidad genética del parásito. Solo así se podrán diseñar inmunizaciones capaces de reconocerlo y neutralizarlo de forma eficaz.

Más allá de la vacuna

Probablemente, la vacuna definitiva contra la malaria sea el resultado de combinar múltiples enfoques. Se necesitarán estrategias que bloqueen la infección en el hígado, detengan su multiplicación en la sangre y limiten su transmisión mediante vacunas de bloqueo vectorial.

Sin embargo, ninguna solución por sí sola será suficiente. La malaria sigue estando ligada a condiciones de pobreza y falta de acceso a servicios sanitarios. Por tanto, es imprescindible mantener medidas complementarias: mosquiteros tratados, rociamientos de interiores y vigilancia epidemiológica constante.

Desde el descubrimiento de Ronald Ross hasta hoy, hemos avanzado mucho en el conocimiento de esta enfermedad. Aún no contamos con una vacuna definitiva contra la malaria, pero cada paso nos acerca un poco más a proteger a millones de personas en todo el mundo.

Fuente: La web de la salud

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