En Quito, un niño puede tener sobrepeso y pasar hambre al mismo tiempo. Comer calorías vacías no es equivalente a acceder a alimentos nutritivos ni saludables. Esta realidad compleja marca la alimentación infantil actual en la capital ecuatoriana.
En las últimas 24 horas, nueve de cada diez niños y adolescentes de 5 a 19 años consumieron ultraprocesados en algún momento. No se trata de casos aislados, sino de una tendencia masiva y extendida. Paralelamente, el 15,3% de los adolescentes del Distrito Metropolitano afirmó haber sentido hambre sin haber comido nada. Dos realidades que parecen opuestas, pero que la ciencia nutricional ya no considera contradictorias en absoluto.
Un problema que afecta a toda la sociedad
Aunque no tengas hijos, estos datos tienen impacto directo en el futuro de la comunidad. La salud de la población infantil define el estado sanitario, económico y social de la ciudad a mediano y largo plazo.
La reciente Encuesta de Salud y Entornos en Niños, Niñas y Adolescentes del Municipio de Quito revela una paradoja central. Tres de cada diez menores ya presenta sobrepeso u obesidad. Además, uno de cada cinco mayores de diez años tiene obesidad central, es decir, acumulación de grasa abdominal metabólicamente activa.
Enfermedades que antes solo afectaban a adultos ahora aparecen en niños de entre seis y doce años. Se diagnostican casos de diabetes tipo 2, hígado graso o hipertensión en el Hospital Pediátrico Baca Ortiz. Estas patologías tienen relación directa con el consumo excesivo de ultraprocesados y la falta de una dieta equilibrada.
La doble carga de la malnutrición en la consulta médica
El endocrinólogo Pedro Luis Aguilera atiende casos que ilustran esta situación. Recientemente, atendió a un adolescente con obesidad severa por consumo excesivo de productos industriales. Al mismo tiempo, el joven tenía anemia por déficit de hierro y falta de vitamina D.
Muchas calorías ingeridas, pero muy pocos nutrientes esenciales. No es una contradicción, sino la expresión clara de lo que se conoce como doble carga de la malnutrición. “La obesidad central es preocupante porque esa grasa libera sustancias inflamatorias directamente al torrente sanguíneo”, explica el especialista.
Este perfil clínico es muy frecuente en sus pacientes: consumo diario de ultraprocesados y ausencia casi total de frutas o verduras frescas en la dieta habitual.
Entornos alimentarios diseñados para enfermar
El origen del problema no está solo en lo que se pone en el plato. Pamela Piñeiros, coordinadora de Nutrición municipal, señala que los niños crecen rodeados de opciones poco saludables. Tiendas escolares, máquinas expendedoras, servicios de entrega y redes sociales promueven productos de baja calidad nutricional.
El 60% de los encuestados vio publicidad de bebidas azucaradas o ultraprocesados en días recientes. Tras ver esos mensajes, la mayoría manifestó deseos de consumirlos. Desde la psicología clínica, esto va más allá de una simple preferencia. Afecta zonas del cerebro como el hipocampo y la corteza prefrontal, áreas que regulan emociones y decisiones. Estas estructuras no maduran completamente hasta los 21 años, por lo que los menores son más vulnerables.
Solo tres de cada diez niños comen frutas y verduras todos los días. A veces, la disponibilidad no es el problema. En zonas rurales, muchas familias cultivan alimentos sanos, pero los venden para obtener ingresos. Así, lo que producen no siempre llega a su propia mesa.
Siete años sin datos: el cambio más drástico
Pasaron siete años sin información detallada sobre alimentación infantil en Quito. En ese tiempo, crecieron las plataformas de entrega y las redes sociales se convirtieron en el principal canal publicitario para menores.
La nueva encuesta analizó a 8.533 personas de 5 a 19 años. Tiene representatividad por edad, sexo y zona geográfica, y cubre a más de 634.000 niños y adolescentes de la ciudad.
Hoy, uno de cada cuatro menores no desayuna nunca o casi nunca. Omitir esta comida es perjudicial por varias razones. Reduce la atención y el rendimiento escolar, pero también genera un efecto contrario al deseado. Los niños llegan con mucha hambre al mediodía y eligen alimentos altos en energía: bebidas azucaradas, golosinas o ultraprocesados.
Normativas débiles y falta de control
Para el experto en salud pública Fernando Sacoto, el etiquetado tipo semáforo fue un avance, pero perdió fuerza por presión industrial. Su impacto es limitado porque no muestra advertencias claras y directas. Organismos internacionales recomiendan medidas más estrictas.
Ecuador no fortaleció los impuestos a bebidas azucaradas ni a ultraprocesados, herramientas probadas para reducir su consumo. Por el contrario, en momentos recientes se redujeron estos gravámenes, enviando una señal equivocada.
La publicidad dirigida a menores no tiene límites claros. Países como Chile, México o Colombia ya aplican advertencias frontales y restricciones al marketing. En Quito, el municipio puede mejorar entornos, pero no regular lo que se ve en pantallas, pues esa tarea corresponde al Gobierno Nacional.
Desigualdades territoriales en salud
Los problemas no se distribuyen igual en todo el Distrito. Hay parroquias con mayor inseguridad alimentaria: Pifo, Guayllabamba, San Juan, La Argelia, Cochapamba, Comité del Pueblo, Centro Histórico y La Libertad. Allí, muchas familias tienen dificultades para acceder a alimentos suficientes y de calidad.
Otras zonas presentan mayor sobrepeso y obesidad: Guayllabamba, El Quinche, La Argelia, Cotocollao y Comité del Pueblo. Que varias parroquias aparezcan en ambas listas no es casual. Cuando hay crisis económica, se reducen comidas o se compran productos más baratos, casi siempre ultraprocesados. Estos ciclos de restricción y exceso generan aumento de peso.
En zonas rurales, la inseguridad alimentaria llega al 45,7%, frente al 32,1% en áreas urbanas. Más de tres de cada diez familias temen no tener suficiente comida en casa.
Un problema cultural, no solo económico
El doctor Aguilera rechaza la idea común de que esto es solo un problema de pobreza. La obesidad infantil masiva también ocurre en países muy ricos. El factor principal es cultural y tiene relación con la industria alimentaria, que logra que sus productos sean adictivos y fáciles de consumir.
Las recomendaciones médicas rara vez se cumplen, sin importar el nivel de ingresos. La educación nutricional funciona mejor con el ejemplo. “No existe mejor enseñanza que la que damos con nuestros actos”, afirma el especialista. Los adultos deben cambiar primero, porque son quienes marcan lo que los niños consideran normal en la mesa.
Medidas en marcha y lo que falta por hacer
No actuar tendrá consecuencias graves: más enfermedades crónicas, mayor demanda de tratamientos costosos y más casos de cáncer. El sistema actual se centra en curar y no en prevenir, lo que es insostenible a largo plazo.
El Municipio desarrolla varias acciones:
- Ferias y mercados para acercar productores a las familias
- Programas de Escuelas Saludables con educación alimentaria
- Recuperación de parques y espacios deportivos para reducir el sedentarismo
Pero se necesitan medidas nacionales urgentes:
- Regular la publicidad de ultraprocesados dirigida a menores
- Implementar etiquetado frontal de advertencia
- Aumentar impuestos a productos dañinos y revertir reducciones anteriores
- Prohibir personajes infantiles en estrategias de marketing
Hoy ya contamos con datos detallados por cada parroquia. Ahora el reto es transformar esa información en políticas públicas efectivas, capaces de contrarrestar la influencia de la industria alimentaria y proteger la salud de los niños.
Fuente: El Comercio
