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Geólogo halla cráter de 260 metros haciendo zoom en mapa de Google Earth

Vista satelital del cráter Hickman en Australia Occidental

Actualizada:

4 min de lectura
  • El geólogo Arthur Hickman halló una formación circular de 260 metros mientras buscaba hierro satelitalmente.
  • Perforaciones geológicas a 64 metros de profundidad confirmaron concentraciones anómalas de platino y níquel.
  • El impacto correspondió a un meteorito metálico de hierro de unos 10 metros que sobrevivió a la atmósfera.
  • El cráter conserva su estructura tras formarse hace entre 10.000 y 100.000 años durante el Pleistoceno tardío.

El poder de las herramientas cartográficas satelitales al alcance del público volvió al primer plano del debate científico este 28 de septiembre de 2026, al rememorarse los detalles geológicos de uno de los hallazgos más extraordinarios de la teledetección moderna: el descubrimiento del cráter Hickman en Australia Occidental mediante una sencilla exploración visual en la plataforma digital Google Earth.

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El hallazgo se gestó cuando el geólogo Arthur Hickman, funcionario del Geological Survey of Western Australia, exploraba remotas mesetas de la cordillera Hamersley en la región de Pilbara con el propósito de ubicar vetas minerales de hierro para la industria minera. Al ampliar la imagen sobre un sector desértico, una anomalía morfológica llamó de inmediato su atención: una circunferencia casi perfecta de 260 metros de diámetro destacaba entre las formaciones rocosas accidentadas, desafiando las fallas geológicas comunes de la zona.

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Expedición sobre el terreno y perforación a 64 metros

Hickman compartió las coordenadas de satélite con el científico Andrew Glikson, de la Universidad Nacional de Australia, activando una expedición científica de campo. Cuatro días de exploraciones iniciales revelaron las huellas inconfundibles de un choque cósmico: brechas de impacto, fragmentos expulsados desde el epicentro y rocas sometidas a presiones extremas incompatibles con la actividad volcánica de la era geológica regional.

Años después, un proyecto conjunto entre el servicio geológico estatal y la empresa Atlas Iron realizó una perforación vertical de 64,7 metros de profundidad en el núcleo del cráter. Los primeros 48 metros revelaron sedimentos lacustres acumulados con el paso de los siglos, mientras que en el fondo emergió la roca madre fracturada. Los análisis geoquímicos arrojaron la prueba irrefutable: concentraciones masivas de elementos del grupo del platino y niveles de níquel que duplicaban los valores terrestres, certificando que el bólido original era un meteorito de hierro de aproximadamente diez metros de diámetro.

Supervivencia atmosférica y datación en el Pleistoceno

La singularidad del impacto radica en cómo el asteroide atravesó las capas densas de la atmósfera terrestre sin desintegrarse en el aire, a diferencia de lo acontecido en eventos como el meteoro de Cheliábinsk en 2013. Su composición densa y su ángulo de penetración le permitieron conservar masa sólida suficiente para impactar la corteza a miles de kilómetros por hora, excavando un cuenco que originalmente superó los 80 metros de profundidad.

Las estimaciones geológicas sitúan la colisión en el Pleistoceno tardío, hace entre 10.000 y 100.000 años, convirtiéndolo en uno de los cráteres meteoríticos más jóvenes y mejor conservados del planeta. El impacto de la observación satelital en la comprensión del planeta y el espacio dialoga con las exploraciones astronómicas contemporáneas, como los hallazgos descritos en las nuevas fronteras del análisis matemático y científico del cosmos.

De acuerdo con registros de la Sociedad Geológica de Estados Unidos (USGS) y de la NASA, la combinación entre teledetección de acceso público como Google Earth y análisis geoquímicos rigurosos demuestra que la tecnología digital continúa democratizando los descubrimientos sobre la historia profunda de la Tierra.

El cráter Hickman se convirtió en un laboratorio natural protegido por el gobierno australiano para calibrar sensores espaciales y entrenar a futuros geólogos planetarios. Su descubrimiento casual recuerda a los investigadores que vastas extensiones de los desiertos del hemisferio sur guardan todavía secretos cósmicos milenarios esperando ser identificados por observadores minuciosos desde la comodidad de una pantalla digital.

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