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Seis verdades incómodas sobre la salud de las mujeres

Profesional sanitario atiende a una niña en consulta, con adulto presente, en el marco de la atención médica y la salud de las mujeres

Desde diagnósticos erróneos hasta sesgos médicos, la salud de las mujeres enfrenta barreras profundas. Las mujeres siguen teniendo menos probabilidades de que se les diagnostique, se les trate o se les tome en serio. En este texto se explican los motivos de esta desigualdad y sus consecuencias reales.

Las mujeres estamos viviendo más tiempo que nunca, pero no estamos viviendo mejor. Si alguien afirma que ya se alcanzó la igualdad de género o cuestiona su avance, debe mirar la salud de las mujeres. Este es un derecho humano fundamental que aún no está garantizado para todas las personas. La salud de las mujeres sigue siendo un ámbito donde persisten brechas, descuido y prejuicios arraigados en los sistemas sanitarios.

Porque en todo el mundo las mujeres tienen una probabilidad mayor de que su dolor se pase por alto. Sus síntomas se malinterpreten y sus enfermedades se diagnostiquen demasiado tarde. Esto es el resultado de un sistema médico que no se diseñó teniendo en mente a las mujeres. La salud de las mujeres se ve afectada por estructuras que no consideran sus particularidades biológicas, sociales y de género.

Desde los instrumentos que se usan en exploraciones médicas hasta los datos que definen diagnósticos, las deficiencias son profundas. Estas limitaciones tienen consecuencias directas en el bienestar, la seguridad y la calidad de vida. La salud de las mujeres depende de herramientas, investigaciones y prácticas que muchas veces no responden a sus necesidades específicas.

Así se manifiesta la desigualdad, pero esto tiene que cambiar. Necesitamos investigaciones que reflejen la realidad de sus organismos. Una atención que tome en serio su dolor y sistemas diseñados con dignidad. Diagnósticos precisos, tratamientos adecuados y respeto por el cuerpo de mujeres y niñas son esenciales para garantizar la salud de las mujeres.

1. Las revisiones ginecológicas no han cambiado mucho en 150 años

El espéculo, instrumento clave en exámenes pélvicos, es casi igual al diseño del siglo XIX. Se creó antes de antibióticos, antes de la anestesia habitual y antes del voto femenino en la mayoría de países. Durante generaciones se enseñó a las mujeres que las molestias en estas revisiones son normales. Que forman parte de ser mujer, sin cuestionar su necesidad o su diseño.

Hoy empiezan a llegar cambios, gracias a empresas lideradas por mujeres y tecnología enfocada en la mujer. Están replanteando el examen pélvico, poniendo comodidad, dignidad y seguridad en primer plano. Sin embargo, la transformación es lenta. La adopción de estas herramientas renovadas sigue siendo escasa en los sistemas públicos. La salud de las mujeres sigue dependiendo en gran medida de instrumentos obsoletos que no respetan su bienestar.

2. Las mujeres viven más, pero pasan más tiempo con problemas de salud

Las mujeres tienen una esperanza de vida mayor: 73,8 años frente a 68,4 de los hombres. Pero pasan un 25 % más de su vida con dolencias o enfermedades. Esto significa más años con dolor crónico, fatiga, padecimientos no tratados y diagnósticos erróneos. A menudo se les dice que sus síntomas son emocionales o psicológicos, sin investigar causas reales.

Una vida más larga no equivale a una vida plena o saludable. Para muchas mujeres, significa años de descalificación, desconfianza y descuido por parte del sistema sanitario. La salud de las mujeres se ve comprometida por esta realidad: vivir más, pero con menor calidad de vida y atención deficiente.

3. Si afecta a las mujeres, se pasa por alto. Si afecta a los hombres, se financia

El síndrome premenstrual afecta a la mayoría de mujeres y niñas. Causa dolor, fatiga y malestar emocional que altera su vida diaria, días y meses tras meses. Por el contrario, la disfunción eréctil afecta a muchos menos hombres, pero recibe mucha más financiación y atención investigadora.

Durante décadas, este desequilibrio ha marcado cómo se entiende o ignora el dolor femenino. Se ha menospreciado, normalizado o simplemente ignorado lo que afecta a mujeres. La salud de las mujeres ha sido relegada frente a condiciones que afectan a los hombres, con consecuencias duraderas.

Esto empieza a cambiar: en 2023, España fue el primer país europeo en aprobar la licencia menstrual remunerada. Se sumó a naciones como Japón, Indonesia o Zambia, reconociendo que el dolor menstrual requiere atención. Pero las leyes no siempre llegan a la práctica. Su uso sigue siendo escaso y el estigma sigue impidiendo que muchas mujeres accedan a este derecho. Hace falta visibilidad, formación profesional y liderazgo para priorizar la salud de las mujeres.

4. El diagnóstico de tu dolor puede tardar casi un decenio

La endometriosis afecta a una de cada diez mujeres en el mundo: cerca de 190 millones de personas. Sin embargo, su diagnóstico tarda entre 4 y 12 años en promedio. Durante ese tiempo, la mujer vive con dolor crónico, inflamación y agotamiento. Se le dice que “no tiene nada” o que su dolor es algo habitual en su género.

Años adaptando su vida a una enfermedad sin nombre, sin tratamiento ni alivio. La enfermedad no es extraña ni rara; el problema es cómo se percibe el dolor femenino. La salud de las mujeres se resiente porque sus síntomas se desestiman, se retrasan o se diagnostican mal. Cuando el dolor no se toma en serio, la ayuda llega demasiado tarde.

5. Las mujeres estuvieron ausentes de la investigación médica hasta los años 90

Hasta 1993, las mujeres quedaban fuera de la mayoría de ensayos clínicos. Por décadas, tratamientos y medicamentos se diseñaron solo pensando en el cuerpo masculino. Las dosis se basaron en su biología; los síntomas se definieron según su experiencia; los efectos secundarios en mujeres se ignoraron.

Las consecuencias perduran hoy: las mujeres sufren más reacciones adversas a fármacos. Sus síntomas se interpretan mal y enfermedades casi exclusivas de ellas, como las autoinmunes, siguen poco estudiadas. La salud de las mujeres sigue cargando con el peso de esa exclusión histórica.

Hoy persisten brechas nuevas, incluso en inteligencia artificial aplicada a la salud. Los datos siguen teniendo poca representación femenina, lo que condiciona diagnósticos y tratamientos. Estudios recientes, como durante la pandemia de COVID-19, muestran que integrar sexo y género mejora la seguridad y eficacia médica para todos.

También hay escasez de mujeres en puestos directivos sanitarios. Sin embargo, su presencia mejora la atención: médicas y líderes priorizan el cuidado centrado en la persona. En EE.UU., pacientes mayores atendidos por médicas tuvieron menos mortalidad y reingresos. En la India, zonas con más mujeres líderes sanitarias registraron menor mortalidad neonatal. Apoyar su liderazgo salva vidas y protege la salud de las mujeres.

6. Tus síntomas no se ajustan al manual, y eso podría costarte la vida

Las enfermedades cardíacas son la principal causa de muerte en mujeres. Pero los síntomas clásicos —dolor de pecho que pasa al brazo— se definieron según cómo ocurren en hombres. En mujeres, los signos son distintos: cansancio extremo, náuseas, dificultad para respirar, dolor en la mandíbula o la espalda.

Como estos síntomas se reconocen menos, las mujeres reciben tarde tratamientos vitales como angioplastias o stents. Por ello, tienen mayor riesgo de fallecer tras un infarto que los hombres. A veces se les envía a casa sin tratamiento, porque su cuadro no coincide con el modelo masculino. La salud de las mujeres corre peligro cuando los protocolos médicos no incluyen sus manifestaciones de enfermedad.

Fuente: ONU Mujeres

Ver más: La OMS impulsa la medicina de precisión como prioridad global en salud

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