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Bombardeo a Bari en 1943 reveló el origen de la quimioterapia

Médicos investigan el origen de la quimioterapia en Bari
5 min de lectura
  • El ataque alemán del 2 de diciembre de 1943 destruyó 17 buques en el puerto de Bari.
  • Un cargamento secreto con 2.000 bombas de gas mostaza contaminó el agua y provocó quemaduras masivas.
  • El médico militar Stewart Francis Alexander descubrió la destrucción total de glóbulos blancos en los afectados.
  • Los hallazgos permitieron desarrollar la mostaza nitrogenada como primer tratamiento formal de quimioterapia en humanos.

Las alarmas antiaéreas no alcanzaron a sonar con suficiente anticipación cuando los bombarderos Junkers Ju-88 de la aviación alemana sobrevolaron el puerto italiano de Bari a las 19:35 del 2 de diciembre de 1943. En menos de veinte minutos, las bombas nazis destrozaron diecisiete embarcaciones aliadas cargadas de municiones y combustible. En medio del infierno de fuego y humo, un buque de transporte estadounidense guardaba un secreto militar que cambiaría la historia de la medicina moderna y daría inicio al origen de la quimioterapia.

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Entre los navíos anclados en el muelle se encontraba el carguero estadounidense SS John Harvey. Su bodega albergaba un cargamento confidencial compuesto por dos mil bombas M47A1 cargadas con gas mostaza. El mando militar aliado mantenía esa reserva estratégica en el Mediterráneo bajo estricta reserva para responder ante un eventual ataque químico del ejército nazi. Las explosiones rompieron las delgadas paredes metálicas de los proyectiles y esparcieron el agente químico tóxico sobre las aguas del puerto, donde se mezcló de inmediato con el espeso combustible vertido por los barcos incendiados.

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Cientos de marineros saltaron al mar para escapar de las llamas directas en las cubiertas. Al nadar en la superficie, el petróleo impregnado de mostaza cubrió sus cuerpos, ropas y cabellos. Quienes lograron llegar a tierra recibieron primeros auxilios convencionales para casos de hipotermia en el 98.° Hospital General Británico. El personal médico, desconocedor del veneno presente en la mezcla aceitosa, envolvió a los heridos en mantas calientes y les suministró infusiones azucaradas. Aquel abrigo retuvo la sustancia contra la piel durante horas, lo que multiplicó la absorción cutánea del compuesto vesicante.

La llegada de Stewart Francis Alexander a Bari

Cinco días después del bombardeo, el teniente coronel y médico militar estadounidense Stewart Francis Alexander aterrizó en el aeródromo de Bari para investigar la repentina mortandad entre los sobrevivientes. Alexander, de 29 años y formado en guerra química en el prestigioso Arsenal de Edgewood, detectó rápidamente un olor característico en las salas de hospitalización. Pese a que las autoridades portuarias británicas negaban la presencia de agentes químicos, las autopsias revelaron lesiones destructivas en los tejidos internos, inflamación severa en las vías respiratorias y una anomalía hematológica determinante.

Al analizar los frotis sanguíneos de los pacientes intoxicados, Alexander observó que los recuentos de glóbulos blancos se desplomaban de forma abrupta hasta niveles cercanos a cero. Los linfocitos, células vitales del sistema inmunitario, desaparecían de la circulación en cuestión de horas. Ese patrón coincidía exactamente con experimentos previos que el médico había realizado en laboratorios militares estadounidenses con conejos expuestos a mostazas nitrogenadas. En aquellos ensayos científicos de laboratorio, el compuesto suprimía por completo la médula ósea y los ganglios linfáticos hiperactivos.

El médico militar razonó que si una sustancia química tenía la capacidad de frenar y destruir la proliferación acelerada de glóbulos blancos, una dosis cuidadosamente regulada podría utilizarse para combatir enfermedades oncológicas caracterizadas por la multiplicación descontrolada de estas mismas células, como la leucemia o el linfosarcoma. Esta deducción clínica representó la chispa fundamental para concebir un tratamiento farmacológico sistémico contra tumores malignos, alejándose de los procedimientos quirúrgicos exclusivos de la época.

El origen de la quimioterapia en el campo de batalla

El informe reservado redactado por Alexander llegó a manos del coronel Cornelius P. Rhoads, director de la división médica del Servicio de Guerra Química y máxima autoridad civil del Hospital Memorial de Nueva York. Rhoads reconoció la trascendencia del descubrimiento y compartió las conclusiones con los farmacólogos Louis Goodman y Alfred Gilman, docentes de la Universidad de Yale que ya investigaban los efectos celulares de compuestos sintéticos similares en animales de prueba.

En el hospital universitario de New Haven, los especialistas seleccionaron a un voluntario de poco más de 40 años identificado históricamente con las iniciales J.D., quien padecía un linfosarcoma terminal en la mandíbula que le impedía deglutir y respirar con normalidad. Ante la falta de alternativas terapéuticas viables, los médicos administraron mediante inyección intravenosa pequeñas dosis de mostaza nitrogenada diluida bajo la denominación provisional de sustancia X. Los resultados clínicos inmediatos confirmaron la hipótesis: el tumor disminuyó de tamaño de manera notable y el paciente recuperó la capacidad de alimentarse.

A pesar de que la remisión del paciente fue temporal, el ensayo demostró por primera vez en la historia que un fármaco suministrado por vía sanguínea podía atacar células cancerosas vivas en el organismo. La Organización Mundial de la Salud y el Instituto Nacional del Cáncer catalogan este hito bélico como el punto de partida que transformó la oncología moderna, sentando las bases para sintetizar medicamentos alquilantes que aún salvan vidas frente a diversas neoplasias.

El legado en la medicina oncológica

Tras la conclusión de las hostilidades bélicas en 1945, las investigaciones salieron del secreto militar y permitieron la creación de centros de referencia internacional como el Memorial Sloan Kettering en Estados Unidos. En 1949, las autoridades sanitarias aprobaron el uso clínico de la mecloretamina, el primer fármaco formalmente autorizado derivado de las investigaciones sobre el gas de Bari, inaugurando una era de terapias combinadas que redujeron drásticamente la mortalidad de múltiples patologías malignas.

En la actualidad, las innovaciones terapéuticas continúan evolucionando hacia tratamientos dirigidos, inmunoterapias y diagnósticos tempranos que complementan la acción de los citostáticos tradicionales. El seguimiento de estas enfermedades requiere programas de prevención constante y acceso equitativo a chequeos periódicos, tal como ocurre en el diagnóstico del cáncer en diversas ciudades ecuatorianas, donde los especialistas insisten en la detección precoz para maximizar la efectividad de los esquemas terapéuticos disponibles en los centros hospitalarios.

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