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La salud del planeta es la salud humana: el hantavirus como evidencia

Representación gráfica que conecta la salud del planeta con la salud humana y la presencia del hantavirus en ecosistemas alterados

El vínculo indisoluble entre el bienestar de nuestro entorno y la supervivencia de la especie humana se hace cada vez más evidente. La salud del planeta es la salud humana, y el avance de enfermedades como el hantavirus confirma esta realidad de forma contundente. Factores determinantes como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la degradación de los ecosistemas actúan como catalizadores que multiplican el riesgo de transmisión de patógenos desde los animales hacia las personas.

Hace 17 años, la revista científica The Lancet publicó una afirmación que hoy resulta innegable: el cambio climático representa la mayor amenaza para la salud global en el siglo XXI. Desde entonces, la comunidad científica ha profundizado en este nexo, y hoy sabemos que la salud del planeta es la salud humana, una premisa que explica por qué brotes como el del hantavirus de los Andes, registrado a bordo del crucero Hondius, ya no son sucesos aislados, sino señales de alerta generalizadas.

Conocimiento y evolución del hantavirus

Aunque todavía persisten interrogantes sobre detalles específicos del brote reciente, el conocimiento acumulado sobre este patógeno es amplio y riguroso. Se trata de una zoonosis, es decir, una enfermedad que pasa de animales a personas, que reside de forma natural en roedores y otros seres vivos sin causarles síntomas aparentes. Su identificación oficial se remonta al año 1978, mientras que la cepa andina —la única variante capaz de transmitirse también entre seres humanos— se detectó por primera vez en 1996.

El precedente más grave hasta la fecha ocurrió en 2018, en la zona de Epuyén, en la Patagonia argentina. En ese entonces, se confirmaron 34 casos y se registraron 11 fallecimientos. Los análisis genéticos demostraron que el virus era idéntico en todos los pacientes, lo que probó fehacientemente que el contagio se había producido de persona a persona, y no por contacto independiente con animales infectados. La salud del planeta es la salud humana, y lo que ocurrió en esa región fue un aviso claro de cómo el desequilibrio ambiental facilita la expansión de estas enfermedades.

Lejos de quedarse como un suceso aislado, la presencia del hantavirus ha mostrado una tendencia creciente en Argentina, especialmente desde julio de 2025. Los informes epidemiológicos nacionales contabilizan hasta 102 contagios en lo que va de este periodo. Aunque las cifras no alcanzan niveles de emergencia mundial, la curva ascendente se repite también en Chile, otro territorio donde el hantavirus andino tiene una incidencia relevante. Este incremento no anuncia necesariamente una pandemia global, sino que revela una fractura profunda en nuestra relación con el medio natural. La salud del planeta es la salud humana, y cuando dañamos el entorno, aumentamos directamente nuestros riesgos sanitarios.

Factores ambientales que favorecen la expansión

La conexión entre alteraciones climáticas y aumento de enfermedades transmisibles es un tema ampliamente estudiado. En patologías como el dengue, transmitida por mosquitos, se ha demostrado que temperaturas más altas permiten a estos insectos sobrevivir más tiempo y en zonas que antes les eran hostiles. Además, el calor acelera la replicación de los virus dentro de estos vectores, y debilita las defensas del cuerpo humano ante cualquier infección.

En el caso de los roedores y el hantavirus, los mecanismos son similares, como explica Paula Ribeiro Prist, experta de la UICN. El virus se transmite principalmente por contacto con excreciones de animales, y su capacidad de supervivencia en el entorno mejora considerablemente cuando las temperaturas son elevadas. Aunque faltan estudios detallados sobre cómo el clima altera la distribución geográfica de estos roedores reservorio, sí existen numerosos informes que vinculan la degradación ambiental —provocada por cambio climático, pérdida de biodiversidad y expansión agrícola— con una mayor cercanía entre estos animales y las comunidades humanas. La salud del planeta es la salud humana, y cada modificación brusca del entorno crea nuevos escenarios de riesgo.

Fenómenos climáticos extremos

Fenómenos climáticos extremos, como lluvias torrenciales o sequías prolongadas, obligan a estas especies a desplazarse en busca de alimento o refugio, acercándose inevitablemente a zonas habitadas por personas. Por otra parte, la expansión de las actividades humanas hacia zonas vírgenes genera deforestación y cambios en el uso del suelo, lo que también incrementa las oportunidades de contacto directo con fauna silvestre. Ángela Domínguez García, profesora experta en enfermedades emergentes, señala que las alteraciones del clima modifican los ecosistemas, mientras que nuestras propias acciones rompen las barreras naturales que antes nos mantenían separados. La salud del planeta es la salud humana, y no podemos ignorar que nuestras decisiones transforman el riesgo sanitario.

Es importante precisar que ni el cambio climático ni la destrucción de ecosistemas son la causa directa de la aparición del hantavirus. Existen múltiples factores detrás de cualquier zoonosis. Sin embargo, sí constituyen elementos determinantes que facilitan el encuentro entre seres humanos y patógenos que antes permanecían confinados a entornos muy específicos. Diversas investigaciones internacionales respaldan esta conclusión, reforzando que la salud del planeta es la salud humana.

Repensar la relación con la naturaleza

Durante mucho tiempo, se ha considerado el mundo natural y la sociedad humana como espacios separados e independientes. Se diferenciaba entre lo que ocurría en los ecosistemas y lo que pasaba en las ciudades. No obstante, la realidad científica nos muestra que la biosfera es una red de vida interconectada que cubre todo el planeta, y de la cual nosotros formamos parte esencial. Aunque hemos desarrollado sistemas complejos de protección sanitaria, en las últimas décadas la comunidad médica ha entendido una verdad central: no es posible cuidar de nuestra salud si descuidamos la de los animales, las plantas y los ecosistemas completos.

Paula Ribeiro Prist recuerda que la conservación de la biodiversidad no solo es útil para frenar el calentamiento global, sino que tiene un impacto directo en nuestra propia protección. Es necesario comprender mejor las conexiones entre degradación ambiental y aparición de enfermedades, pero ya sabemos que la estrategia más eficaz para reducir zoonosis es transformar cómo nos relacionamos con el entorno. La salud del planeta es la salud humana, y restaurar los vínculos con la naturaleza es invertir en nuestra propia seguridad.

Actuar es urgente

Desde el punto de vista sanitario, es urgente actuar para detener el aumento de temperaturas y el deterioro del medioambiente. Como advierte Ángela Domínguez García, si no tomamos medidas decididas, estaremos construyendo un futuro donde los contactos con fuentes de enfermedades sean cada vez más frecuentes. Paralelamente, se requieren sistemas de vigilancia mucho más estrictos, tanto en poblaciones animales como humanas, para detectar brotes en sus primeras fases y actuar con rapidez.

Un reto adicional es la distribución desigual del conocimiento científico. Existen enfermedades muy estudiadas, como las transmitidas por insectos, mientras que otras menos frecuentes reciben poca atención hasta que ocurre una crisis grave, tal como pasó con la pandemia por coronavirus. Las regiones con mayor biodiversidad y mayor degradación —como la Amazonía, el sudeste asiático o el centro de África— son zonas de alto riesgo potencial. Sin embargo, Ribeiro Prist concluye que, debido al avance imparable del cambio climático, todo el planeta se ha convertido en una zona donde la salud del planeta es la salud humana, y donde el riesgo de nuevas enfermedades nos afecta a todos por igual.

Fuente: Climatica

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