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Salud mental en adolescentes y personas jóvenes, una asignatura pendiente

Ilustración sobre salud mental en adolescentes y personas jóvenes, con representación de jóvenes en entorno educativo y elementos simbólicos de bienestar emocional y acompañamiento profesional

Datos mundiales: una realidad alarmante

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, la salud mental en adolescentes y personas jóvenes representa uno de los retos sanitarios más urgentes de la actualidad. Uno de cada siete adolescentes, con edades comprendidas entre los 10 y los 19 años, convive con algún tipo de trastorno mental. Tras la pandemia por SARS-CoV-2, se ha registrado un incremento significativo en estas afecciones; sin embargo, la mayor parte de los casos no se detecta de manera oportuna ni recibe el tratamiento que requiere. Esta demora en la identificación y el acompañamiento repercute de forma directa en el bienestar integral de este sector de la población y limita sus oportunidades de desarrollo pleno.

El espectro de problemas relacionados con la salud mental en adolescentes y personas jóvenes abarca múltiples dimensiones. La depresión, la ansiedad y los trastornos del comportamiento se cuentan entre las principales causas de discapacidad y también de mortalidad en este grupo etario. De igual manera, el suicidio se posiciona como la tercera causa de defunción a nivel mundial entre quienes tienen entre 15 y 19 años. En el continente americano, esta situación resulta aún más crítica, ya que pasa a ser la segunda causa de muerte entre personas de 10 a 24 años de edad.

Contexto en América Latina y el Caribe

En los países de América Latina y el Caribe, las tasas de mortalidad por suicidio alcanzan un valor de 6,2 por cada 100.000 habitantes. En diversos territorios se han presentado hechos recientes que han puesto los reflectores sobre la urgencia de atender la salud mental en adolescentes y personas jóvenes: agresiones en entornos escolares que han causado la muerte de compañeros o docentes, así como intentos de suicidio en distintas instituciones educativas. Estas conductas suelen asociarse a factores de riesgo como afecciones mentales no tratadas, consumo de sustancias y vivencias adversas durante la infancia. A ello se suma el estigma social y la condena colectiva, barreras que dificultan la búsqueda de ayuda y la pronta atención.

Si bien se observa un aumento sostenido en la tasa de decesos autoprovocados en el continente americano, es preciso interpretar estas cifras con prudencia. Subsiste aún un notable subregistro de casos, por lo que la magnitud real del problema podría ser superior a la documentada oficialmente. El continente americano fue, de hecho, la única región que no alcanzó la meta propuesta por la OMS de reducir las tasas de mortalidad por suicidio. Por consiguiente, se trata de un asunto de salud pública que exige una acción conjunta, coordinada y decidida.

Determinantes y desafíos en la atención

La doctora Carolina Santillán Torres Torija, especialista en psicología, señala que la salud mental en adolescentes y personas jóvenes debe atenderse desde una perspectiva integral. Según indica, los datos obtenidos a partir de exámenes médicos y otros indicadores institucionales revelan que, en promedio, cada semestre al menos dos estudiantes requieren hospitalización por presentar un trastorno mental de carácter grave. Esta realidad se ve alimentada por determinantes biológicos y factores genéticos que, sumados a circunstancias externas, pueden desencadenar conductas de riesgo.

Entre los 15 y los 24 años suelen manifestarse cuadros de mayor complejidad clínica, tales como la psicosis y la esquizofrenia, condiciones que se observan con mayor frecuencia en población masculina. A estos se añaden trastornos de ansiedad, de personalidad y depresión, padecimientos que exigen respuesta inmediata y especializada. Por tanto, la salud mental en adolescentes y personas jóvenes representa un desafío considerable para los sistemas y servicios de salud, especialmente cuando se trata de jóvenes que provienen de entornos socialmente desfavorecidos. Quienes residen en contextos de vulnerabilidad deben sortear, además, obstáculos estructurales que dificultan el acceso a una atención digna y oportuna.

Fuente: Medscape

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