Los sistemas agroalimentarios figuran entre los sectores más vulnerables ante los cambios ambientales, según destacó Erick de la Barrera, investigador del Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad. Durante el Seminario de Futuros Climáticos, organizado por el Centro de Ciencias de la Complejidad, expertos coincidieron en que los patrones alimentarios favorecen comida perjudicial para la salud y, al mismo tiempo, agravan el deterioro de los ecosistemas. A esta problemática se suma la urgencia de garantizar un relevo generacional en el campo, eslabón indispensable para preservar saberes y prácticas ancestrales.
El impacto de los patrones alimentarios en el entorno y el bienestar
La intensificación de las prácticas agrícolas convencionales y los actuales hábitos de consumo han acelerado la degradación del medio ambiente. En consecuencia, los patrones alimentarios favorecen comida perjudicial para la salud, porque priorizan productos de bajo costo pero con escaso valor nutricional. Esta dinámica refuerza un ciclo nocivo: mientras más se consumen estos alimentos, mayor es la presión sobre los recursos naturales y más se resiente la salud pública.
Erick de la Barrera Montppellier, adscrito al Programa Universitario de Alimentación Sostenible (PUAS) de la UNAM, explicó que los antiguos referentes climáticos para la siembra han dejado de ser fiables. Antes, los campesinos guiaban sus labores por festividades tradicionales como San Isidro o San Juan Bautista; hoy, la variabilidad climática exige transformar las prácticas alimentarias de manera colectiva. En este sentido, sostuvo que los patrones alimentarios favorecen comida perjudicial para la salud y que, por ende, modificarlos es una vía concreta para mitigar el daño ambiental.
Asimismo, propuso entender la alimentación como un instrumento de reflexión. Al elegir qué consumir, cada persona incide en la suerte del planeta. Por lo tanto, impulsar formas de producción y consumo menos agresivas se vuelve una prioridad compartida.
La pérdida de nutrientes y la necesidad de normativas
Por su parte, Fausto Reyes Medina, representante de Slow Food, recordó que salud y nutrición han estado íntimamente ligadas a lo largo de la historia. Sin embargo, la erosión de los sistemas tradicionales ha roto esa conexión. En efecto, los patrones alimentarios favorecen comida perjudicial para la salud, especialmente aquella de consumo inmediato que aporta prácticamente ningún nutriente y suele contener componentes dañinos para el organismo.
El especialista puntualizó que muchos alimentos procesados cumplen normas de inocuidad, pero carecen de calidad nutricional. Por ello, resulta impostergable diseñar marcos regulatorios que fomenten opciones saludables. Igualmente, se deben revalorizar los vínculos económicos solidarios y decidir conscientemente qué modelos agroalimentarios se desea fortalecer.
Saberes ancestrales y relevo generacional en el campo
Reyes Medina también llamó la atención sobre la urgencia de renovar a quienes trabajan la tierra. El relevo generacional no significa que las nuevas generaciones repitan lo mismo que sus antepasados, sino que resignifiquen los oficios ligados a la comida. Si se pierden cultivos tradicionales como las milpas o los cacaotales, se rompen también relaciones ecológicas milenarias, se pierden conocimientos y se debilita la biodiversidad. Por eso, cambiar los patrones alimentarios favorecen comida perjudicial para la salud por hábitos respetuosos de la tierra va de la mano de cuidar a quienes la trabajan.
Aunado a lo anterior, existen territorios donde el acceso a alimentos frescos es casi nulo. Mientras en las ciudades se dispone de gran variedad de productos procesados, en zonas rurales se comprende mejor que la alimentación no se reduce a calorías, sino que implica relaciones sociales que nutren cuerpo y espíritu.
Justicia social y derecho a comer bien
Clarisa Moura, responsable del proyecto “Recetario para la memoria”, planteó que comer bien es también una cuestión de justicia social. Muchas personas han dejado de cultivar por migración forzada o violencia; otras no tienen tiempo ni espacio para cocinar por sus largas jornadas laborales. Así, los patrones alimentarios favorecen comida perjudicial para la salud también por razones estructurales y de inequidad.
Su proyecto reúne las recetas favoritas de personas desaparecidas en México, rescatadas por sus familiares. Esta iniciativa demuestra que la comida une, recuerda y dignifica. Por ello, no se puede hablar de buena alimentación sin reconocer que hoy es un privilegio. Garantizarla para todos requiere transformar las condiciones que hacen que comer sano sea difícil o costoso para muchos.
Conclusión
En síntesis, los expertos coincidieron en que la crisis ambiental, sanitaria y cultural tiene un origen común: la forma en que producimos y consumimos alimentos. Si los patrones alimentarios favorecen comida perjudicial para la salud, cambiar esos patrones es la respuesta más poderosa. Para lograrlo se requiere: adaptar la agricultura al clima, fortalecer la normativa sobre nutrición, asegurar el relevo generacional en el campo y, sobre todo, construir un sistema alimentario justo donde nadie tenga que elegir entre comer barato y comer bien.
Fuente: Gaceta UNAM
