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Cuando la política debilita la salud colectiva

Impacto del nacionalismo sanitario en Estados Unidos sobre la salud pública y la cooperación internacional

El nacionalismo sanitario en Estados Unidos se ha convertido en un eje central del debate sanitario global. Desde enero de 2025, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha reconfigurado el discurso público sobre salud, ciencia y prevención. Este giro político ha erosionado la confianza institucional y ha tensionado los mecanismos de cooperación internacional que sostuvieron la salud pública durante décadas.

Durante años, la salud pública se construyó sobre una premisa compartida. Los riesgos sanitarios no reconocen fronteras. Por ello, la vigilancia epidemiológica, la investigación biomédica y la respuesta ante emergencias se articularon mediante cooperación multilateral. Sin embargo, cuando esa lógica se subordina a proyectos políticos nacionales, las consecuencias se expanden rápidamente. Un ejemplo claro de este fenómeno se observa con el auge de Estados Unidos y su nacionalismo sanitario en decisiones internacionales.

Desde su retorno al poder, Trump ha trasladado al ámbito sanitario la matriz ideológica que definió su proyecto político desde 2015. Bajo el lema Make America Healthy Again, el nacionalismo sanitario en Estados Unidos combina desconfianza hacia las instituciones, lectura ideológica de la ciencia y cuestionamiento de la prevención basada en evidencia.

De la ideología a la estructura institucional

La designación de Robert F. Kennedy Jr. al frente del Departamento de Salud y Servicios Humanos marcó un punto de inflexión. A partir de entonces, se impulsó una reconfiguración acelerada del aparato sanitario federal. Bajo una retórica centrada en autonomía individual y salud natural, se debilitó el conocimiento experto, lo que responde a la lógica del nacionalismo sanitario impulsado en Estados Unidos.

Miles de profesionales fueron despedidos o jubilados anticipadamente. Además, divisiones técnicas perdieron autonomía operativa. Como resultado, se redujeron capacidades clave en vigilancia epidemiológica, bioestadística, salud ambiental y prevención comunitaria. El nacionalismo sanitario en Estados Unidos dejó de ser discursivo para convertirse en estructural.

Instituciones históricas como los CDC vieron erosionada su autoridad científica independiente. Paralelamente, programas de vacunación, prevención del VIH y salud maternoinfantil sufrieron recortes presupuestarios. Estas decisiones reflejan una transformación sostenida del papel del Estado en salud, marcada especialmente por el nacionalismo sanitario que predomina en Estados Unidos.

Vacunación, lenguaje y desconfianza

El ámbito de la vacunación se convirtió en el símbolo más visible del cambio. En pocos meses, los CDC modificaron recomendaciones consolidadas. Además, se disolvieron comités asesores independientes. Donde antes existía claridad científica, emergió ambigüedad institucional, en parte debido a las políticas de nacionalismo sanitario vigentes en Estados Unidos.

Este desplazamiento semántico tuvo efectos inmediatos en la práctica clínica. Aumentó la incertidumbre en consultas médicas. Asimismo, se reforzó la desconfianza entre pacientes y profesionales. Los repuntes de enfermedades prevenibles no fueron imprevistos, sino previsibles. El impacto de nacionalismo sanitario que se vive en Estados Unidos ha contribuido a este escenario.

Decisiones nacionales en un sistema interdependiente

La retirada de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud profundizó este repliegue. La decisión debilitó programas de vigilancia y respuesta global. En un contexto de crisis climáticas y amenazas zoonóticas, el nacionalismo sanitario en Estados Unidos introduce un riesgo sistémico global.

Impacto del nacionalismo sanitario en Estados Unidos sobre la salud pública y la cooperación internacional

En paralelo, la reforma del precio de medicamentos mediante el sistema de “most favoured nation pricing” desplazó presiones hacia otros países. Aunque responde a un malestar social legítimo, su aplicación unilateral afecta a sistemas con menor capacidad negociadora y muestra los efectos del nacionalismo sanitario propio de Estados Unidos en el ámbito internacional.

Finalmente, el endurecimiento del acceso a Medicaid y a la Affordable Care Act amenaza con excluir a poblaciones vulnerables. No sorprende que The Lancet haya calificado 2025 como un annus horribilis para la salud estadounidense.

La salud pública nunca fue exclusivamente nacional. Cuando se subordina a una agenda ideológica de corto plazo, deja de ser un escudo colectivo. Se convierte en un riesgo compartido, cuyos efectos ya forman parte del nuevo paisaje sanitario global donde Estados Unidos impulsa el nacionalismo sanitario.

Fuente: El País

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