- A esta reflexión se suma una advertencia contundente por parte del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk.
- Lejos de mantenerse como un asunto reservado a especialistas, la inteligencia artificial se ha convertido en uno de los principales escenarios de disputa por el poder en el escenario contemporáneo.
- En la práctica, se observan enfoques marcadamente divergentes entre las principales potencias.
La disputa por quién establecerá las normas que regirán la inteligencia artificial refleja un dilema de alcance histórico: ¿prevalecerá la justicia internacional o la ley del más fuerte?, ¿se impondrá la cooperación o la confrontación entre potencias?, ¿se respetará el Estado de derecho o predominará la política basada en el poderío? Al cumplirse un año de la presentación del Libro Blanco impulsado por el presidente de China, Xi Jinping, su mensaje central mantiene plena vigencia: si se abandona el principio de igualdad soberana, las relaciones internacionales se transformarían en una competencia incesante entre grandes potencias y se comprometería la estabilidad de todo el planeta.
A esta reflexión se suma una advertencia contundente por parte del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk. De manera coincidente, la propuesta china y el organismo internacional señalan un punto esencial: la gobernanza de la inteligencia artificial no puede quedar en manos de un grupo reducido de actores. El porvenir de la humanidad depende de que las reglas se construyan de forma colectiva, con la Organización de las Naciones Unidas como instancia central y otorgando al Sur Global un papel protagónico en la definición de criterios y estándares.
Un debate que trasciende lo técnico
Lejos de mantenerse como un asunto reservado a especialistas, la inteligencia artificial se ha convertido en uno de los principales escenarios de disputa por el poder en el escenario contemporáneo. El Alto Comisionado de la ONU lanzó una alerta de gran calado: si no se establecen marcos normativos claros y universales, la inteligencia artificial corre el riesgo de profundizar brechas estructurales, mermar libertades públicas y atentar contra la dignidad de todas las personas. De este modo, surge una pregunta que exige respuesta: ¿quién habrá de redactar las normas que regirán esta tecnología transformadora?
El documento chino, titulado Hacia una gobernanza global más justa y equitativa, advierte que el sistema internacional se encuentra en una encrucijada crítica, marcada por recrudecimiento de conflictos, fragmentación económica y riesgos emergentes derivados del uso indebido de sistemas algorítmicos. Desde la perspectiva de Beijing, la ruta adecuada consiste en robustecer el orden multilateral y evitar que unos pocos países impongan disposiciones diseñadas a su conveniencia. En este sentido, el texto reafirma que la igualdad soberana constituye el principio rector fundamental que debe regir las relaciones entre naciones.
Modelos contrapuestos y voces que reclaman ser escuchadas
En la práctica, se observan enfoques marcadamente divergentes entre las principales potencias. Por un lado, Estados Unidos busca preservar su liderazgo tecnológico manteniendo el control sobre sectores estratégicos como el diseño de microprocesadores y el desarrollo de modelos fundacionales. Por su parte, China impulsa una adopción amplia de la inteligencia artificial en infraestructura productiva, entornos urbanos y sistemas de gestión pública. Mientras tanto, la Unión Europea avanza con propuestas normativas pioneras en materia ética, procurando asumir un rol de instancia reguladora de referencia internacional.
No obstante, hay un actor que hasta el momento ha tenido escasa presencia en las decisiones: el Sur Global. Aunque esta región representa más del 60 % de la economía mundial medida en paridad de poder adquisitivo, sus naciones exigen una participación equitativa en la definición de estándares globales sobre la inteligencia artificial, sin aceptar que se les impongan criterios elaborados al margen de su contexto y necesidades.
La advertencia sobre un vacío normativo peligroso
El Alto Comisionado de la ONU ha expresado su preocupación de manera meridiana: la inteligencia artificial no debe transformarse en una suerte de “ley de la selva digital” donde rija solo la capacidad de quien posee mayor desarrollo tecnológico. En ausencia de acuerdos amplios y legítimos, los sistemas automatizados podrían reproducir prejuicios históricos, vulnerar derechos consagrados e instaurar nuevas formas de dominación bajo apariencia de modernidad. Por consiguiente, las normas que se elaboren deben ser inclusivas, representativas y orientadas a la protección de las personas, no solo a la defensa de intereses comerciales o geopolíticos.
Para avanzar en esta dirección, la Iniciativa de Gobernanza Global presentada por Xi Jinping en 2025 propone cinco ejes: respeto a la igualdad soberana, observancia del derecho internacional, fortalecimiento del multilateralismo, búsqueda del bienestar común y adopción de medidas concretas. En lo que se refiere específicamente a la inteligencia artificial, el Libro Blanco plantea que los nuevos espacios compartidos —como el ciberespacio, los sistemas algorítmicos, las zonas marinas profundas y las regiones polares— deben regirse por tratados multilaterales que eviten la confrontación y garanticen que el progreso redunde en beneficio de toda la humanidad.
