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¿Qué es la dieta de salud planetaria y por qué importa?

Preparación de platos saludables con cereales integrales, verduras y proteínas vegetales siguiendo la dieta de salud planetaria

Sarah Gibbens, editora sénior de National Geographic, decidió probar durante siete días la dieta de salud planetaria, un modelo alimentario diseñado por expertos para reducir tanto las enfermedades crónicas como el impacto ambiental de la producción de alimentos. Según los 70 autores de un informe actualizado, el mundo no puede permitirse ignorar estas pautas, ya que combinan bienestar humano y sostenibilidad ecológica.

Los cálculos del estudio indican que seguir la dieta de salud planetaria podría prevenir hasta 15 millones de muertes anuales causadas por patologías como obesidad, hipertensión o colesterol elevado. Además, permitiría alimentar a una población estimada en 9.600 millones de personas para 2050, al tiempo que disminuye significativamente las emisiones de gases de efecto invernadero y protege la biodiversidad. Esta propuesta retoma y actualiza las bases establecidas en 2019 por la Comisión EAT‑Lancet.

Principios fundamentales de este modelo alimentario

Walter Willet, investigador de la Universidad de Harvard y uno de los redactores del informe, explica que la dieta de salud planetaria se basa en reglas sencillas y flexibles. Se recomienda consumir una ración diaria de lácteos y otra de proteína de origen animal, limitando la carne roja a máximo una vez por semana. También admite adaptaciones vegetarianas o veganas, ya que su objetivo es facilitar la adopción generalizada.

Un pilar central es el consumo de cereales integrales. A diferencia de los refinados, estos conservan su cáscara y germen, por lo que aportan vitaminas del grupo B, hierro, zinc y fibra. Según la nutricionista Debbie Fetter, al procesar los cereales tradicionales se eliminan la mayoría de sus compuestos nutritivos, quedando solo almidón.

Experiencia práctica de una semana

Para poner a prueba la dieta de salud planetaria, Gibbens planificó sus comidas con antelación, priorizando productos de temporada y reduciendo el desperdicio alimentario. Cambió arroz blanco por integral, carne picada por tofu y yogur entero por versiones sin azúcar ni lácteos.

Al principio le preocupaba que los alimentos integrales fueran menos sabrosos, pero descubrió que tenían texturas y matices agradables. Aunque cocinar requirió mayor organización, notó mayor ligereza física y energía estable. Al finalizar, concluyó que los beneficios acumulativos para la salud y el medio ambiente hacen que valga la pena mantener este hábito, sin renunciar a pequeños caprichos ocasionales.

Fuente: National Geographic

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