Los incendios forestales que afectan a diversas regiones este verano no solo calcinan miles de hectáreas y obligan a evacuar a cientos de personas. El humo que emanan representa también un serio riesgo para la salud pública. Este peligro se acentúa en quienes permanecen expuestos por horas o padecen patologías respiratorias o cardiovasculares. La contaminación derivada contiene altas concentraciones de partículas y gases tóxicos capaces de penetrar profundamente en el organismo. Así, puede desencadenar desde síntomas leves hasta complicaciones potencialmente mortales.
Así lo explica Perla Valenzuela, portavoz del Área de Neumología Ambiental y Ocupacional de la SEPAR, en declaraciones a Gaceta Médica. El componente más peligroso del humo son las partículas en suspensión de tamaño reducido, especialmente las PM2.5. «El humo de los incendios se caracteriza principalmente por material particulado de 2,5 y 10 micras», señala la experta. A estas se suman gases como el monóxido de carbono y los óxidos de nitrógeno. Todos ellos empeoran la calidad del aire y multiplican los riesgos para la salud.
¿Por qué son tan peligrosas las partículas finas?
Su tamaño reducido es precisamente lo que las convierte en una amenaza mayor. Las partículas más grandes quedan retenidas en las vías respiratorias superiores. Por el contrario, las PM2.5 superan las defensas naturales y llegan hasta los alvéolos pulmonares. «Este material penetra con facilidad en la vía aérea, recorre el árbol bronquial y alcanza el alvéolo; incluso puede pasar al torrente sanguíneo», detalla Valenzuela. Al llegar a la circulación sistémica, sus efectos no se limitan solo al sistema respiratorio. De hecho, afectan a múltiples órganos y sistemas del cuerpo humano.
Efectos en personas sanas y recomendaciones generales
Aunque quienes viven o trabajan cerca del fuego son los más expuestos, nadie está totalmente a salvo. En personas sanas, la exposición suele causar síntomas inmediatos como picor ocular, irritación nasal o tos seca. Estas manifestaciones son la respuesta del organismo ante un aire al que no está adaptado. Si la exposición se prolonga, los síntomas pueden agravarse o volverse persistentes. Por ello, los equipos de emergencia usan equipos de protección respiratoria especializados. Los vecinos de zonas afectadas también deben tomar precauciones. Valenzuela recomienda retrasar el regreso a casa hasta que mejore la calidad del aire. Si es necesario salir, lo ideal es usar mascarillas FFP2, que filtran mejor las partículas finas.
Grupos vulnerables: riesgo aumentado
Las personas con enfermedades respiratorias crónicas son las más afectadas. Quienes padecen asma o EPOC pueden sufrir reagudizaciones incluso tras exposiciones breves. «Deben evitar la inhalación de humo, permanecer en espacios cerrados y limitar las salidas», aconseja la neumóloga. Es fundamental no abandonar el tratamiento prescrito, ya que ayuda a prevenir crisis. Además, las personas con patologías cardiovasculares también corren peligro. Las partículas finas en sangre generan inflamación y aumentan el riesgo de infartos o arritmias. Por ello, deben extremar las medidas de precaución al igual que los pacientes respiratorios.
Efectos a largo plazo y alerta sanitaria
La respuesta del pulmón al humo genera inflamación e irritación bronquial. Si la exposición es intensa o duradera, aparece hiperreactividad de las vías aéreas. Esto provoca tos persistente, falta de aire y sibilancias. Por otro lado, estudios en bomberos demuestran una disminución progresiva de la función pulmonar por exposiciones repetidas. También se ha vinculado la contaminación por PM2.5 con mayor mortalidad prematura. Ante el aumento de incendios por el cambio climático, es clave reconocer señales de alerta: tos que no cede, bajada de oxigenación, dolor torácico o mareos intensos requieren atención médica inmediata. La prevención sigue siendo la mejor herramienta para proteger la salud respiratoria y cardiovascular.
Fuente: Gaceta Médica
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