En tiempos en que cada dólar cuenta, comparar precios se ha convertido en una práctica habitual para miles de hogares ecuatorianos. Sin embargo, cuando el criterio principal para llenar el carrito del supermercado es el costo, existe un factor que muchas veces pasa desapercibido: el impacto que esas decisiones cotidianas pueden tener sobre la salud en el largo plazo. Los alimentos ultraprocesados suelen imponerse por ser más económicos, prácticos y fáciles de encontrar. Pero lo que parece un ahorro inmediato puede convertirse, con los años, en un mayor riesgo de desarrollar enfermedades crónicas y asumir los costos económicos y personales que estas implican.
Composición nutricional y evidencia científica
La evidencia científica respalda esta preocupación de forma contundente. Una revisión publicada en la revista Nutrients encontró que un consumo elevado de alimentos ultraprocesados se asocia con un 37 % más riesgo de desarrollar diabetes tipo 2 y un 32 % más riesgo de hipertensión, además de una mayor probabilidad de obesidad y alteraciones metabólicas. Por consiguiente, la elección de productos basada solo en el precio puede resultar engañosa, pues oculta consecuencias que afectan el organismo de manera progresiva.
“El precio no define la calidad de un alimento. Lo que realmente importa es su composición: la cantidad de azúcar, sodio y fibra, el tipo de ingredientes y su grado de procesamiento. Dos productos pueden costar casi lo mismo, pero tener un impacto completamente distinto en la salud”, explica Edison Carrillo, CEO de Agrodely. En este sentido, la composición molecular y el valor nutricional superan al precio de etiqueta como criterio de decisión.
Consecuencias para la salud y carga económica
La Organización Mundial de la Salud identifica a la hipertensión como uno de los principales factores de riesgo de infartos, accidentes cerebrovasculares e insuficiencia renal. Son enfermedades que requieren tratamientos prolongados, medicamentos de uso continuo y seguimiento médico constante. De igual forma, la diabetes tipo 2 supone una carga similar, con consultas frecuentes, exámenes, intervenciones y posibles complicaciones que afectan tanto la calidad de vida como la economía familiar. En consecuencia, el ahorro inicial al elegir alimentos ultraprocesados puede derivar en gastos sanitarios muy superiores con el paso del tiempo.
El impacto también se refleja a gran escala. Según un informe de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) que incluye a Ecuador entre los países analizados, las enfermedades no transmisibles y los trastornos de salud mental le costarán a Sudamérica más de US$ 7,3 billones entre 2020 y 2050, equivalentes al 4 % del PIB regional, por gasto sanitario y pérdida de productividad. Por tanto, el costo de los alimentos ultraprocesados no se limita al bolsillo en el momento de la compra, sino que se amplía a toda la sociedad por la carga de enfermedad que provocan.
El valor real de lo que comemos
Para los especialistas, guiarse únicamente por el precio de etiqueta puede llevar a decisiones poco informadas. La clave está en comparar el precio por porción y no por empaque, un cálculo que rara vez se hace en el supermercado, pero que cambia por completo el resultado. Por ejemplo, una avena integral frente a un cereal azucarado, o una mantequilla de maní elaborada únicamente con maní frente a una crema untable con azúcares y aceites añadidos, pueden tener precios similares, aunque su aporte nutricional sea muy distinto.
“Comer mejor no significa comprar lo más caro ni buscar una alimentación perfecta. Significa aprender a elegir conscientemente: priorizar alimentos reales y, cuando recurrimos a productos procesados, buscar aquellos elaborados con ingredientes simples, reconocibles y de buena calidad. El precio importa, por supuesto, pero también vale la pena preguntarnos qué estamos recibiendo a cambio y qué impacto tendrán nuestras elecciones, sostenidas en el tiempo, en nuestra salud y bienestar”, añade María Isabel Cevallos, nutricionista y especialista en Medicina Funcional.
Los expertos coinciden en que alimentarse mejor no significa llenar el carrito con productos exclusivos o de alto costo. Se trata, sobre todo, de elegir conscientemente: leer las etiquetas, comparar ingredientes y acercarse a opciones más cercanas a la comida real. Son decisiones simples que, sostenidas en el tiempo, se convierten en hábitos saludables con efectos mensurables en la prevención de padecimientos crónicos. Al final, la verdadera pregunta no es cuánto cuesta un alimento en la caja del supermercado. La pregunta es cuánto puede costar, dentro de algunos años, no haber elegido mejor.
Fuente: El Universo
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